pedrin



pedrin, originally uploaded by belaljimez.

el dinero

Pues amarga la verdad,
Quiero echarla de la boca;
Y si al alma su hiel toca,
Esconderla es necedad.
Sépase, pues libertad
Ha engendrado en mi pereza
La Pobreza.

¿Quién hace al tuerto galán
Y prudente al sin consejo?
¿Quién al avariento viejo
Le sirve de Río Jordán?
¿Quién hace de piedras pan,
Sin ser el Dios verdadero
El Dinero.

¿Quién con su fiereza espanta
El Cetro y Corona al Rey?
¿Quién, careciendo de ley,
Merece nombre de Santa?
¿Quién con la humildad levanta
A los cielos la cabeza?
La Pobreza.

¿Quién los jueces con pasión,
Sin ser ungüento, hace humanos,
Pues untándolos las manos
Los ablanda el corazón?
¿Quién gasta su opilación
Con oro y no con acero?
El Dinero.

¿Quién procura que se aleje
Del suelo la gloria vana?
¿Quién siendo toda Cristiana,
Tiene la cara de hereje?
¿Quién hace que al hombre aqueje
El desprecio y la tristeza?
La Pobreza.


¿Quién la Montaña derriba
Al Valle; la Hermosa al feo?
¿Quién podrá cuanto el deseo,
Aunque imposible, conciba?
¿Y quién lo de abajo arriba
Vuelve en el mundo ligero?
El Dinero.

tonada de manuel rodriguez

Señora, dicen que donde,
mi madre dice, dijeron,
el agua y el viento dicen
que vieron al guerrillero.

Puede ser un obispo,
puede y no puede;
puede ser sólo el viento
sobre la nieve:
sobre la nieve, sí,
madre, no mires,
que viene galopando
Manuel Rodríguez.

Ya viene el guerrillero
por el estero.

——

Saliendo de Melipilla,
corriendo por Talagante,
cruzando por San Fernando,
amaneciendo en Pomaire.

Pasando por Rancagua,
por San Rosendo,
por Cauquenes, por Chena,
por Nacimiento:
por Nacimiento, sí,
desde Chiñigüe,
por todas partes viene
Manuel Rodríguez.

Pásale este clavel,
vamos con él.

——

Que se apaguen las guitarras,
que la Patria está de duelo.
Nuestra tierra se oscurece:
Mataron al guerrillero.

En Til-Til lo mataron
los asesinos,
su espalda está sangrando
sobre el camino:
sobre el camino, sí,
quién lo diría,
él, que era nuestra sangre,
nuestra alegría.

La tierra está llorando.
Vamos callando.

castilla

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas;
llaga la luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
el destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo…
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
 su carita curiosa y asustada.
- “Buen Cid, pasad…! El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!”
Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: “¡En marcha!”
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga.

la saeta

   ¿Quien  me presta una escalera,
                               para subir al madero
                               para quitarle los clavos
                               a Jesús el Nazarano?
                                                Saeta popular
¡Oh la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
-Soledad, ¿Por quien preguntas
sin compañía y a estas horas?
-Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
-Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
-No me recuerdes el mar
que la pena negra brota
en las tierras de la aceituna
bajo el rumor de las hojas.
-¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
-¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache carne y roja.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
-Soledad, lava tu cuerpo
con agua de alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.



Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh! pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh! pena de cauce oculto
y madrugada remota!
SUBE a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda

zona de tu dolor diseminado.

No volverás del fondo de las rocas.

No volverás del tiempo subterráneo.

No volverá tu voz endurecida.

No volverán tus ojos taladrados.

Mírame desde el fondo de la tierra,

labrador, tejedor, pastor callado:

domador de guanacos tutelares:

albañil del andamio desafiado:

aguador de las lágrimas andinas:

joyero de los dedos machacados:

agricultor temblando en la semilla:

alfarero en tu greda derramado:

traed a la copa de esta nueva vida

vuestros viejos dolores enterrados.

Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,

decidme: aquí fui castigado,

porque la joya no brilló o la tierra

no entregó a tiempo la piedra o el grano:

señaladme la piedra en que caísteis

y la madera en que os crucificaron,

encendedme los viejos pedernales,

las viejas lámparas, los látigos pegados

a través de los siglos en las llagas

y las hachas de brillo ensangrentado.

Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.

A través de la tierra juntad todos

los silenciosos labios derramados

y desde el fondo habladme toda esta larga noche

como si yo estuviera con vosotros anclado,

contadme todo, cadena a cadena,

eslabón a eslabón, y paso a paso,

afilad los cuchillos que guardasteis,

ponedlos en mi pecho y en mi mano,

como un río de rayos amarillos,

como un río de tigres enterrados,

y dejadme llorar, horas, días, años,

edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.

Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca.

Hablad por mis palabras y mi sangre.

Monte arriba, cara al viento,
buscando reposo y calma,
ibame yo muy contento,
dándole descanso al alma,

y cuando al alto llegue,
y al dar la vuelta a la cima,

un rebaño me encontré
que se me venía encima.

Avanzaban las ovejas
marchando al paso tranquilas,

y pasaban las parejas
al sonar de las esquilas:

y a los últimos reflejos
de los rayos vespertinos

las vi perderse a lo lejos
por los ásperos caminos.

Detrás de ellas, lentamente,
dando al aire una canción

y sacando indiferente
su mendrugo del zurrón,

venía un pastor, un niño,
un imberbe zagalejo,

que me inspiró ese cariño
que es tan súbito en un viejo.

-¡Hola! ¿eres el pastor?
-Sí señor, ¿qué se le ofrece?

-¿tienes padres? -no señor.

-¿cuantos años tienes? – Trece.

- ¿Y cuanto ganas, amigo?
- Un duro. – ¿al día? ¡anda maño!

- ¿Un duro al mes? – ¡que no, digo!

- ¡Un duro al año!

II

Le dejé que se marchara
y en el monte me senté,

y avergonzado, la cara
en las manos oculté.

Pasaron por mi memoria
templos, palacios y reyes,

los aplausos y las glorias,
los discursos y las leyes,

los millones del banquero,
las fiestas del potentado,
réditos del usurero,

ladrones en despoblado,
fortunas mal heredadas
en el tapete perdidas,

cortesanas celebradas
de ricas galas prendidas,

los que de lujo se afanan,
tantas glorias, tanto daño…

y en tanto hay seres que ganan…
¡Un duro al año!

III

¡Un duro! ¡OH Dios! ¡Cuantas veces

lo habré derrochado Yo,

en miles de pequeñeces

que mi gusto me perdió!

en comer y no tener ganas,

en caprichos, en favores,

en vanidades humanas,

en guantes, coches y flores,

en un rato de placer,

en un litro sin valor,

en apostar, en beber,

en humo, en un buen olor…

Y ese duro que se olvida

En cuanto correr se deja,

era un año de la vida

de aquel niño que se aleja…

Y vi que somos peores

todos los seres humanos.

unos, falsos soñadores;

otros, falsos puritanos

todos en el daño iguales;

ante las llagas sociales;

y hay seres que, en esa edad

que ignoran su propio engaño

deben a la humanidad…

¡Un duro al año!

IV

¡No! Mientras el frió enero,

en una espantosa noche,

mi prójimo, por dinero,

me lleve a mi casa en coche;

mientras de la mina obscura

saque el carbón tanta gente,

pasando tanta amargura

para que Yo me caliente;

mientras de la alegre fiesta

salga Yo, que siento y creo,

y al pobre que me moleste

le mande airado a paseo;

mientras derroche la moda,

y se gasten, grande o chico,

mil duros en una boda.

Mil en entierros del rico,

y hasta el sol desigual sea

en dar al hombre sus rayos,

y hayan niños con librea

que me sirvan de lacayos

ni creo en leyes humanas

ni en el que las bombas tira…

¡Palabras! Palabras vanas.

¡Mentira, todo mentira!

No hay a las penas consuelos;

¡sufrir y siempre sufrir!

¡El Cristo se fue a los cielos,

pero volverá a venir!

Y ha de subir a mil codos

mas alto el nuevo diluvio,

y en el moriremos todos;

y más altos que el Vesubio

nos a de ver impasible

ese niño, ese pastor,

ya convertido en terrible

ángel exterminador,

y entre torrentes de lava

gritara de su alto escaño:

-Yo soy aquel que ganaba

¡Un duro al año!

V

Así a mis solas decía,

Solo, en la cumbre del monte,

Mientras el sol se escondía

en el rojizo horizonte,

en la sombra se ocultaban

lentamente las aldeas,

y allá lejos humeaban

las fabriles chimeneas,

entre el ruido y movimiento

de las modernas ciudades,

resumen triste y cruento

de las necias vanidades…

Y allá, perdido en la plana,

Cantando, tras su rebaño,

iba aquel niño que gana

¡Un duro al año!

Eusebio Blasco (1844 – 1903)

La aurora asomaba

lejana y siniestra.

El lienzo de Oriente

sangraba tragedias,

pintarrajeadas

con nubes grotescas.

……………………………………………..

En la vieja plaza

de una vieja aldea,

erguía su horrible

pavura esquelético

el tosco patíbulo

de fresca madera…

La aurora asomaba

lejana y siniestra.



V.A. 04 07 08 041, originally uploaded by belaljimez.

Entradas siguientes »